martes, 17 de febrero de 2015

Significados del Mapa Bicontinental



 A partir de la nota publicada en el diario "La Nación" sobre la representación del territorio argentino, es interesante traer a la memoria el origen y las características asociadas al Sector Antártico. 

La cartografía es una construcción semiótica, y su uso sin respaldo en los significados históricos puede dar lugar a intepretaciones simplistas (“cuál es la provincia más grande”), más dignas de un concurso de preguntas y respuestas que de la diplomacia compleja existente en torno al continente blanco. La soberanía y los intereses argentinos en la Antártida asumen diferentes facetas, una de las cuales, entre otras, es la territorial. El reclamo territorial tiene su origen en la presencia histórica, de los Rioplatenses del Virreynato primero, y de los argentinos posteriormente. El llamado Memorial Quesada, remitido a fines del siglo XIX por Ernesto Quesada al Gobierno de los EE.UU., reproducido por Ernesto Fitte en uno de sus libros, compila las actuaciones de control de caza de focas y pesca. Esta actividad fiscalizadora fue continua durante más de 50 años, y abarcó todo el Atlántico Sur, no sólo las islas Malvinas y otras subantárticas. Fue el Río de la Plata, a fines del siglo XVIII quien tomó la iniciativa de introducir medidas de conservación y manejo sostenible de los recursos naturales, que fueron adoptadas, mucho después pilares del Sistema del Tratado Antártico. La expulsión de Malvinas en 1833 se debió a estas medidas de control. 

Posteriormente, durante la presidencia del Grl. Roca, la Argentina retoma su presencia, ahora en forma permanente, con al establecimiento de la Base Orcadas. Carlos Ibarguren, entonces asistente en el Ministerio de Agricultura de la nación, fue quien gestionó la recepción de las instalaciones de la expedición de William Bruce. Este destacado autor relata en forma minuciosa el episodio, en su clásica “La historia que he vivido”. Puede agregarse que Juan Carlos Puig funda en todos estos antecedentes el planteo de su libro “La Antártida Argentina ante el derecho”. Finalmente, la determinación de sectores surge de la configuración de las soberanías en el Ártico. Australia, Chile, y Gran Bretaña, también delimitan de esta forma sus intereses en el continente blanco, lo cual puede verificarse en numerosos documentos oficiales disponibles on-line. 

Además de emitir la cartografía oficial, el Instituto Geográfico Nacional puede dar un paso más y tomar contacto con los entes correspondientes, como la Dirección Nacional del Antártico, para asesorarse respecto a los instrumentos legales que están por detrás de algunas zonas especiales de la geografía argentina. Una herramienta como el mapa bicontinental podrá enriquecer aún más la explicación de nuestro territorio si es acompañada con los contenidos y significados correspondientes.

Marcelo E. Lascano
Febrero 2015.

viernes, 6 de febrero de 2015

EL PENSAMIENTO DE FEDERICO DAUS, 1922-1957

RESUMEN:

Se presenta un recorrido por el pensamiento de Federico A. Daus a través de su obra escrita, en especial hasta la aparición de “Geografía y unidad argentina”, su obra cumbre. El orden cronológico provee un método preliminar para comenzar a distinguir componentes. Desde el comienzo puede verificarse un interés por el territorio como campo de especulación práctica. Luego su producción se adapta a las líneas humanistas de Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires. En la Universidad Nacional de La Plata profundiza la vertiente de la política de recursos naturales, a través de la geografía regional. Previo a la vinculación con el peronismo, Daus compone dos de sus piezas integrales, la Geografía de la República Argentina, publicada en España, y la primera parte de su Geografía de la Argentina, destinada a la enseñanza. Se produce una pausa en su producción hasta la aparición de “Geografía y unidad argentina”, un planteo sobre el rol del territorio en la conformación de la Argentina. La vertiente práctica es abordada nuevamente, años después, a través de la temática del desarrollo, como combinación entre el perfil académico y cultural y la búsqueda de realizar una contribución a la vida del país a través del territorio.

Por Marcelo E. Lascano y Susana Curto

Artículo completo en el siguiente link:

http://citrus.uspnet.usp.br/rdg/ojs/index.php/rdg/article/view/471

Estorbar en la historia


"...la alta y revolucionaria cultura clásica y renacentista que, no lo olvidemos, la Iglesia preservó y difundió a través de sus conventos, bibliotecas y seminarios, aquella cultura que impregnó al mundo entero con ideas, formas y costumbres que acabaron con la esclavitud y, tomando distancia con Roma, hicieron posibles...."

Esta nota hizo una sincea radiografía pero, sobre todo, adelantó lo que hemos visto en estos dos años. Como para calibrar, mejor ahora que en febrero de 2013, esto de "tomar distancia de Roma"

Publicado originalmente en febrero de 2013




No sé por qué ha sorprendido tanto la abdicación de Benedicto XVI ; aunque excepcional, no era imprevisible. Bastaba verlo, frágil y como extraviado en medio de esas multitudes en las que su función lo obligaba a sumergirse, haciendo esfuerzos sobrehumanos para parecer el protagonista de esos espectáculos obviamente írritos a su temperamento y vocación. A diferencia de su predecesor, Juan Pablo II, que se movía como pez en el agua entre esas masas de creyentes y curiosos que congrega el Papa en todas sus apariciones, Benedicto XVI parecía totalmente ajeno a esos fastos gregarios que constituyen tareas imprescindibles del pontífice en la actualidad. Así se comprende mejor su resistencia a aceptar la silla de San Pedro que le fue impuesta por el cónclave hace ocho años y a la que, como se sabe ahora, nunca aspiró. Sólo abandonan el poder absoluto, con la facilidad con que él acaba de hacerlo, aquellas rarezas que, en vez de codiciarlo, desprecian el poder.

No era un hombre carismático ni de tribuna, como Karol Wojtyla, el papa polaco. Era un hombre de biblioteca y de cátedra, de reflexión y de estudio, seguramente uno de los pontífices más inteligentes y cultos que ha tenido en toda su historia la Iglesia Católica. En una época en que las ideas y las razones importan mucho menos que las imágenes y los gestos, Joseph Ratzinger era ya un anacronismo, pues pertenecía a lo más conspicuo de una especie en extinción: el intelectual. Reflexionaba con hondura y originalidad, apoyado en una enorme información teológica, filosófica, histórica y literaria, adquirida en la decena de lenguas clásicas y modernas que dominaba, entre ellas el latín, el griego y el hebreo. Aunque concebidos siempre dentro de la ortodoxia cristiana, pero con un criterio muy amplio, sus libros y encíclicas desbordaban a menudo lo estrictamente dogmático y contenían novedosas y audaces reflexiones sobre los problemas morales, culturales y existenciales de nuestro tiempo que lectores no creyentes podían leer con provecho y a menudo -a mí me ha ocurrido- turbación. Sus tres volúmenes dedicados a Jesús de Nazareth, su pequeña autobiografía y sus tres encíclicas -sobre todo la segunda, Spe Salvi , de 2007, dedicada a analizar la naturaleza bifronte de la ciencia, que puede enriquecer de manera extraordinaria la vida humana, pero también destruirla y degradarla-, tienen un vigor dialéctico y una elegancia expositiva que destacan nítidamente entre los textos convencionales y redundantes, escritos para convencidos, que suele producir el Vaticano desde hace mucho tiempo.

A Benedicto XVI le ha tocado uno de los períodos más difíciles que ha enfrentado el cristianismo en sus más de dos mil años de historia. La secularización de la sociedad avanza a gran velocidad, sobre todo en Occidente, ciudadela de la Iglesia hasta hace relativamente pocos decenios. Este proceso se ha agravado con los grandes escándalos de pedofilia en que están comprometidos centenares de sacerdotes católicos y a los que parte de la jerarquía protegió o trató de ocultar y que siguen revelándose por doquier, así como con las acusaciones de blanqueo de capitales y de corrupción que afectan al banco del Vaticano. El robo de documentos perpetrado por Paolo Gabriele, el propio mayordomo y hombre de confianza del Papa, sacó a la luz las luchas despiadadas, las intrigas y turbios enredos de facciones y dignatarios en el seno de la curia de Roma enemistados por razón del poder.

Nadie puede negar que Benedicto XVI trató de responder a estos descomunales desafíos con valentía y decisión, aunque sin éxito. En todos sus intentos fracasó, porque la cultura y la inteligencia no son suficientes para orientarse en el dédalo de la política terrenal y enfrentar el maquiavelismo de los intereses creados y los poderes fácticos en el seno de la Iglesia, otra de las enseñanzas que han sacado a la luz esos ocho años de pontificado de Benedicto XVI, al que, con justicia, L'Osservatore Romano describió como "un pastor rodeado por lobos".

Pero hay que reconocer que gracias a él por fin recibió un castigo oficial en el seno de la Iglesia el reverendo Marcial Maciel Degollado, el mexicano de prontuario satánico, y fue declarada en reorganización la congregación fundada por él, la Legión de Cristo, que hasta entonces había merecido apoyos vergonzosos en la más alta jerarquía vaticana. Benedicto XVI fue el primer papa en pedir perdón por los abusos sexuales en colegios y seminarios católicos, en reunirse con asociaciones de víctimas y en convocar la primera conferencia eclesiástica dedicada a recibir el testimonio de los propios vejados y de establecer normas y reglamentos que evitaran la repetición en el futuro de semejantes iniquidades. Pero también es cierto que nada de esto ha sido suficiente para borrar el desprestigio que ello ha traído a la institución, pues constantemente siguen apareciendo inquietantes señales de que, pese a aquellas directivas dadas por él, en muchas partes todavía los esfuerzos de las autoridades de la Iglesia se orientan más a proteger o disimular las fechorías de pedofilia que se cometen que a denunciarlas y castigarlas.

Tampoco parecen haber tenido mucho éxito los esfuerzos de Benedicto XVI por poner fin a las acusaciones de blanqueo de capitales y tráficos delictuosos del banco del Vaticano. La expulsión del presidente de la institución, Ettore Gotti Tedeschi, cercano al Opus Dei y protegido del cardenal Tarcisio Bertone, por "irregularidades de su gestión", promovida por el Papa, así como su reemplazo por el barón Ernst von Freyberg, ocurren demasiado tarde para atajar los procesos judiciales y las investigaciones policiales en marcha relacionadas, al parecer, con operaciones mercantiles ilícitas y tráficos que ascenderían a astronómicas cantidades de dinero, asunto que sólo puede seguir erosionando la imagen pública de la Iglesia y confirmando que en su seno lo terrenal prevalece a veces sobre lo espiritual y en el sentido más innoble de la palabra.

Joseph Ratzinger había pertenecido al sector más bien progresista de la Iglesia durante el Concilio Vaticano II, en el que fue asesor del cardenal Frings y donde defendió la necesidad de un "debate abierto" sobre todos los temas, pero luego se fue alineando cada vez más con el ala conservadora, y como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) fue un adversario resuelto de la Teología de la Liberación y de toda forma de concesión en temas como la ordenación de mujeres, el aborto, el matrimonio homosexual e, incluso, el uso de preservativos que, en algún momento de su pasado, había llegado a considerar admisible. Esto, desde luego, hacía de él un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha ido convirtiendo la Iglesia. Pero sus razones no eran tontas ni superficiales, y quienes las rechazamos tenemos que tratar de entenderlas por extemporáneas que nos parezcan. Estaba convencido de que si la Iglesia Católica comenzaba abriéndose a las reformas de la modernidad, su desintegración sería irreversible y, en vez de abrazar su época, entraría en un proceso de anarquía y dislocación internas capaz de transformarla en un archipiélago de sectas enfrentadas unas con otras, algo semejante a esas iglesias evangélicas, algunas circenses, con las que el catolicismo compite cada vez más -y no con mucho éxito- en los sectores más deprimidos y marginales del Tercer Mundo. La única forma de impedir, a su juicio, que el riquísimo patrimonio intelectual, teológico y artístico fecundado por el cristianismo se desbaratara en un aquelarre revisionista y una feria de disputas ideológicas era preservando el denominador común de la tradición y del dogma, aun si eso significaba que la familia católica se fuera reduciendo y marginando cada vez más en un mundo devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral.

Juzgar hasta qué punto Benedicto XVI fue acertado o no en este tema es algo que, claro está, corresponde sólo a los católicos. Pero los no creyentes haríamos mal en festejar como una victoria del progreso y la libertad el fracaso de Joseph Ratzinger en el trono de San Pedro. Él no sólo representaba la tradición conservadora de la Iglesia, sino también su mejor herencia: la de la alta y revolucionaria cultura clásica y renacentista que, no lo olvidemos, la Iglesia preservó y difundió a través de sus conventos, bibliotecas y seminarios, aquella cultura que impregnó al mundo entero con ideas, formas y costumbres que acabaron con la esclavitud y, tomando distancia con Roma, hicieron posibles las nociones de igualdad, solidaridad, derechos humanos, libertad, democracia, e impulsaron decisivamente el desarrollo del pensamiento, del arte, de las letras, y contribuyeron a acabar con la barbarie e impulsar la civilización.

La decadencia y mediocrización intelectual de la Iglesia que ha puesto en evidencia la soledad de Benedicto XVI y la sensación de impotencia que parece haberlo rodeado en estos últimos años es sin duda factor primordial de su renuncia, y un inquietante atisbo de lo reñida que está nuestra época con todo lo que representa vida espiritual, preocupación por los valores éticos y vocación por la cultura y las ideas.

Por Mario Vargas Llosa

viernes, 21 de noviembre de 2014

Nuestro territorio y Obligado


Hacia comienzos de noviembre de 1845 una flota compuesta por naves militares principalmente francesas, acompañadas por otras inglesas, partió de Montevideo en dirección a la desembocadura del río Paraná. Una vez allí atacaron la isla Martín García, mientras un grupo liderado por Garibaldi atacó Gualeguaychú, Paysandú y el Salto.

Luego continuaron su marcha, deteniéndose unos días a la altura de Baradero, donde les llega información de que se había fortificado la orilla Sur a la altura de la "vuelta" del río, en Obligado, una curva pronunciada donde se angosta el cauce del Paraná.

Allí estaba Mansilla liderando los preparativos para dificultar, no otra cosa era la finalidad, el paso de la flota invasora. En efecto, esta flota invadía nuestro territorio como respuesta física a la diplomacia de Rosas, desplegada en los numerosos intercambios con los representantes de los países mencionados.

El esfuerzo del país fue exitoso, ya que, si bien las famosas cadenas no impidieron el paso, lograron hacer notar a las potencias invasoras las dificultades de navegar el río sin la anuencia del país. Resumiendo las peripecias que enumera, entre otros historiadores, José María Rosa en el tomo V de su Historia Argentina, en un ciclo que dura unos siete meses, la flota pierde numerosas embarcaciones por el fuego originado desde las orillas, queda desprestigiada ante la comunidad comercial de Montevideo, alcanza la Provincia de Corrientes, se detiene en Paraná y retorna, sufriendo nuevamente pérdidas materiales, sin ninguna otra interacción con el territorio. Los buques sobrepasan las famosas cadenas, pero no logran su objetivo, que se abandona
 en los hechos el 4 de Junio de 1846 tras el combate de "El Quebracho", que llevaría al cese de las hostilidades, con lo que termina la intervención naval anglo-francesa. El  13 de julio de 1846 Sir Samuel Tomás Hood, con plenos poderes de los gobiernos de Inglaterra y Francia, solicita a Rosas "el más honorable retiro posible de la intervención naval conjunta".

En Corrientes la flota estuvo al abrigo del General Paz, a quien, siendo culpable de crímenes, Rosas se había negado a encarcelar hacia fines de la década de 1830. Los historiadores, uruguayos en particular, han mostrado cómo Paz junto con el Brasil mantuvieron un proyecto para separar las provincias de la Mesopotamia, proyecto por el cual Florencia Varela realizó un viaje, un roadshow, por Europa.

Urquiza, como explica Beatriz Bosch en uno de sus libros, recibe a los invasores e interactúa con ellos: recibe un homenaje por el 25 de Mayo. Luego actuará en forma contrastante, reportando a Rosas los detalles de las intenciones de Paz. Amigos son los amigos.

La invasión había sido planeada con anterioridad, a tal punto que el mismo José de San Martín –cuyo genio político no era inferior al estratégico- opinó sobre las dificultades de tal expedición a poco más de un mes de iniciada la misma, en carta a Federico Dickson, comerciante inglés y cónsul de la Confederación en Londres, publicada en la prensa inglesa a comienzos de 1846 y que completa la muy conocida a su amigo Tomás Guido de octubre de 1845  (“Es inconcebible que las dos más grandes Naciones del Universo se hayan unido para cometer la mayor y más injusta agresión que puede cometerse contra un Estado Independiente…”).

Vicente López y Planes –sí, el autor del Himno- escribió un segundo himno para homenajear los combates de Obligado.

Las actitudes de estos dos próceres de la independencia deben ser mencionadas, ya que nuestra historiografía los presenta como piezas de decorado, más que como personas que tuvieron la oportunidad de direccionar los hechos políticos y culturales del país en momentos fundacionales. Después de escribir el Himno y después de cruzar los Andes los dos históricos de Mayo son guardados en el depósito de la utilería de las incompletas historiografías de mayor vigencia, las historiografías cómic  donde los personajes actúan sobre la base de postulados inacabados y no sobre razonamientos que valoraban la cohesión histórica del país.

Debe completarse el proceso acumulativo de nuestra historia. La conformación del territorio suele ser una variable ausente, como lo notó Daus en el prólogo del Atlas del Desarrollo territorial de la Argentina: un espacio geográfico, con antecedentes históricos de cohesión, sujetos a una comunidad política. Nótese el carácter abstracto de estas categorías, que marcan la diferencia entre el concepto de territorio y el de paisaje, siendo el segundo más amigo de la literatura que suele reemplazar la historia del país entre 1830 y 1852.  

La importancia de los hechos de 1845/6 se respalda no sólo en la gestión y autoridad de sus protagonistas sino también en quienes descollaron en la década de 1810. La labor diplomática previa y posterior de Rosas culmina con los Tratados Arana-Southern y Arana-Lepredour, que reconocen la navegación del Paraná sujeta a las leyes de la Confederación Argentina (y del río Uruguay en común con el Estado Oriental), con las implicancias obvias en materia de derecho internacional y soberanía.  

Lamentablemente para nuestro país esto no ocupa un primer plano en nuestros criterios historiográficos. Hay para todos los gustos.

Los próceres de la independencia ya eran viejos en la década de 1840, pero estaban vivos, y se manifestaron, conscientes, más que nadie, de que lo que había comenzado en 1810 aún estaba madurando. Juan Manuel de Rosas, con ellos, tuvo la claridad –en un medio cultural superficial y temeroso, excesivamente afecto a las letras- en un momento crítico de que las historia estaba dando a la Argentina la oportunidad de consolidar uno de los pilares de su organización estatal: el de la individualización del país en el plano internacional.

Por Marcelo E. Lascano

lunes, 7 de julio de 2014

Brasil de las Minas Gerais

Los países alojan procesos culturales surgidos desde una profundísima historia, cuyas manifestaciones se reparten heterogéneamente sobre el territorio. La amplitud del espacio geográfico diversifica la forma en que un pueblo impresiona nuestros sentidos, y Brasil es un país grande. 

Su extenso perímetro tiene por particularidad recostarse ampliamente sobre la mar océana. Si la primera idea que tenemos del Brasil se relaciona con playas y aguas cálidas, no es sólo producto del conocimiento veraniego, sino también del propio territorio. Al contrario de lo que sucede con Canadá o Rusia, países extensos pero insulares al mismo tiempo, Brasil es un país volcado hacia sus costas, y para los brasileros mismos su litoral Atlántico es un pilar irremplazable de su identidad. La ocupación de este extenso contorno marítimo le llevó al Brasil buena parte de sus primeros siglos. Los rioplatenses, en cambio, debimos ocuparnos primero del interior y sólo hacia el final del siglo XVIII nos dirigiríamos hacia el Sur costero.    

Sin embargo, mientras armaban el contorno Atlántico, los lusitanos mantuvieron la consigna de la ocupación del interior. Tanto fue así que acuñaron el término sertao, referido a la zona interior correspondiente a la latitud del punto de la costa del caso. Así, Recife tuvo su sertao, mientras San Vicente el suyo. La palabra indicaba un potencial. Fijó en el vocabulario la idea del interior , cuando la vida cotidiana pasaba enteramente por los puertos y las navegaciones, cuando aún Portugal no contaba con recursos para emprender su integración. 

Las Bandeiras fueron los primeros intentos de explorar el sertao pero, aunque altamente eficaces a veces, sólo constituyeron movimientos relámpago, efímeras expansiones hacia el Oeste . Hoy, al tratarse de un recurso histórico que cimienta la conciencia territorial de los brasileños, asumen una visibilidad, y merecida, mayor a la importancia o resonancia que tuvieron entonces.

Es con el surgimiento de las Minas Generales, en el siglo XVIII que comienza la integración territorial del Brasil interior. Este capítulo comenzó de la mano de otro tipo de expediciones puntuales, las Monzonas (as Monçoes). En su texto de la Historia Geral de Civilizaçao Brasileira, el historiador Sérgio Buárque de Holanda logra situarnos en las canoas que por los grandes ríos condujeron  a los exploradores hacia la región del actual Estado de Minas Gerais. Allí se descubrieron los yacimientos de oro y piedras preciosas que los portugueses ansiaban encontrar en su América desde que los Españoles habían dado noticia del Cerro de Potosí. 

Daus ha explicado los matices entre las zonas centrales y cosmopolitas y aquellas algo más retiradas, portadoras de los rasgos culturales más propios. El Estado de Minas Gerais nos muestra el Brasil íntimo, el que, plenamente inserto en la gran expansión económica, trae intacto su vínculo con el pasado. Es el Brasil en su personalidad más propia. Por supuesto, sin atribuir , al resaltarlo, a este Estado, como siempre al analizar grandes países, un carácter de referencia obligada o meta cultural ideal.

Por supuesto, también en Río y en San Pablo están las marcas culturales vivas que lega el tiempo, pero en ellas deben hallarse de entre las que deja la globalización económica y la construcción del discurso turístico. Entre los intentos de la primera por transformarse en una versión tropical de la torre Eiffel , y la insistencia de la otra en compararse con Nueva York , no siempre es fácil el acceso al Brasil de los brasileños existente en ambas capitales. Ese follaje seco está ausente en Minas Gerais y puede experimentarse allí más intensamente el contacto con lo espontáneamente auténtico. Ha sido inteligente que nuestra selección de fútbol fuera alojada en Belo Horizonte, capital de Minas. Para una Argentina saturada con arena carioca, nunca una mejor oportunidad para mostrar otra cara del país.

En su canción Seio de Minas, la cantante Paula Fernandes dice "Soy hija de los montes y de los caminos reales", uniendo el paisaje y la historia . Con sólo una guitarra, esta hermosa mineira transmite con su voz el  apego a la tierra de quien se sabe heredero de mucho. La sencillez de la melodía ilustra la calma de una postal de inmóviles serranías, las mismas que encontraron los expedicionarios de las Monçoes. Ese sentido de pertenencia, a un presente no sólo inmediato, sino que se extiende igualmente hacia los siglos inmóviles, es el rasgo cultural brasileño que más claramente puede advertirse en Minas Gerais.

Marcelo E. Lascano Kezic. 

viernes, 13 de junio de 2014

Brasil y el triunfalismo - 2009

Artículo publicado en 2009, escrito por el ex presidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti



Brasil está de moda, y existen buenas razones para ello. Ha aumentado su ritmo de crecimiento económico (de 2,7 en 1984/2003 a 4,6 en 2004/2008); su estabilidad política es incuestionable; Lula goza de una enorme popularidad dentro del país y fuera de él; ha encontrado enormes reservas petroleras y pagó totalmente su deuda externa. Hasta su seleccionado de fútbol vuelve a pasearse orondo por los campos de juego sudamericanos. Barack Obama ha indicado claramente que su interlocutor regional es Brasil, y el acuerdo estratégico-militar con Francia pretende ser la consagración de un liderazgo asentado también en la fuerza, como históricamente ha sido.
En julio, aun con incertidumbres mayores por la crisis mundial, el presidente Lula, al recibir a los representantes de la General Motors, expresó: "Es inconmensurable el orgullo de ser brasileño en un momento en que percibimos que las empresas en Brasil están mejor que sus matrices en los países desarrollados". En el colmo del entusiasmo, profetizó que en diez años Brasil será la quinta potencia económica del mundo, y no la octava, como es hoy. No falta entusiasmo, como se ve, ni sueño de potencia, tal cual dice su tradición.
El petróleo ha encendido siempre el nacionalismo brasileño, hasta tal punto que el escritor Monteiro Lobato se fundió y terminó preso por haber defendido su explotación estatal.
Sin olvidar a Getulio Vargas, que hizo del tema la máxima exaltación patriótica. Su eslogan O petróleo é nosso está en el imaginario colectivo, hasta el extremo de que nadie habló jamás de privatizar Petrobras, aun en tiempos en los que se vendía la mayor empresa brasileña, la minera Vale do Rio Doce, que una vez que salió del Estado multiplicó su producción y sus ganancias por veinte.
Detrás de ese brillo, no todo lo que reluce es oro. Las exportaciones crecen, pero se hace todo lo posible por frenar las importaciones; se producen aviones, pero el país vive en un caos aeronáutico; existen partidos políticos estables, pero el clientelismo y la corrupción campean. En el plano de la integración, el Mercosur está absolutamente estancado y no va para ningún lado; ni se han logrado acuerdos externos ni se ha mejorado en la coordinación macroeconómica. Los fallos de los tribunales se cumplen caprichosamente, y el conflicto diplomático entre la Argentina y Uruguay testimonia inequívocamente que el socio mayoritario no ejerce el poder moderador que le impone su condición. Es entristecedor que dos países tan vecinos que nadie de afuera puede distinguir a los ciudadanos de un lado y del otro del Plata esperen la resolución de sus diferencias en un tribunal, en La Haya.
La Unasur, creación de la diplomacia brasileña, tampoco se ve mejor. Las recientes reuniones de presidentes y ministros parecieron un reñidero de gallos. En ellas, no surgieron las instancias de diálogo y resolución pacífica de las situaciones. La tirantez de Colombia con Venezuela y Ecuador no cede, especialmente por el retintín constante de un presidente venezolano que no para de agredir y amenazar, sin que nadie le ponga el cascabel al gato.
Esta es la región de Brasil, donde se supone que ejerce su influencia, donde su papel de líder debería expresarse del modo más claro. Los hechos no muestran que en ese ámbito haya una correspondencia con lo que parece reconocerse afuera, por lo menos en la literatura diplomática.
El episodio de Honduras lo exhibe a Brasil como protagonista en un escenario que no es su ámbito natural. Justamente, es una zona que el Unasur despreció y sobre la cual hoy, al parecer, todos quieren influir, impulsados por la pobreza de Honduras. Si allí mediaran intereses económicos o estratégicos mayores, no estarían todos tan empeñados en golpearse el pecho, invocando una democracia principista que no reconoce realidades. Desgraciadamente, como escribió Moisés Naim al principio del conflicto, se está entre hipócritas e ineptos, porque el depuesto Zelaya, violando la Constitución, intentaba una reforma en su favor, del mismo modo que el Parlamento y la Justicia, unidos en su cuestionamiento del intento presidencial, no encontraron mejor método para detenerlo que llamar al ejército y deportarlo en pijama. Fervorosamente, todos deseamos que se pacifique Honduras y que la gente elija a quien quiera elegir, pero que elija libremente. ¿La presencia de Brasil es una ayuda a esa paz deseada?
El hecho es que este Brasil eufórico se ha lanzado también a una formidable inversión militar, de 12.000 millones de dólares, que incluye cuatro submarinos, uno de ellos nuclear, 50 helicópteros y 36 cazabombarderos, todo como parte de una alianza estratégica con Francia. En ese marco, los emprendimientos comunes permitirían una superación tecnológica de la ya importante industria brasileña de armamentos.
No discutimos la necesidad de Brasil, con esa enorme costa, de poseer una fuerza con capacidad para ejercer un control efectivo de su territorio marítimo. Es lógico. El antimilitarismo simplista que suele cultivar el progresismo latinoamericano (salvo cuando es gobierno, momento en que cambia de bando) no tiene sustento. Los Estados deben tener la capacidad de defenderse. Eso es lógico. Lo que no lo es, en cambio, es el doble estándar de que algunas alianzas militares (como la de Colombia y EE.UU., que lleva años) produzcan estertores de críticas, mientras que otras (como la de Brasil con Francia) pasen inadvertidas. Se dirá, con razón, que son situaciones distintas. Y lo son. Pero mientras que Colombia vive en guerra, Brasil está en paz con todos sus vecinos y no tendría necesidad de escuadrillas de ataque.
En cualquier caso, lo que debe señalarse es que para construir un liderazgo no alcanzan los cazabombarderos ni los submarinos nucleares. Para empezar, hay que ser un socio generoso con los vecinos. El remanente proteccionista que subsiste en Brasil, aun para la región, es incompatible con una integración que nos proyecte a todos hacia el mundo global. La estrategia internacional no puede llevarse adelante sin los socios, y las inversiones extranjeras deberían, razonablemente, distribuirse.
Cuando un país es grande, no puede ni debe alardear. Ojalá Brasil llegue a ser la quinta potencia mundial. Es nuestro vecino y amigo, y su prosperidad también es la nuestra. Pero, como otras veces en su historia, la exaltación patriotera y chauvinista no lo ayudará en ese propósito. Porque alentará a los socios a seguir buscando alianzas más allá del barrio, como ya lo hace Colombia