Un León rodeado de ambiciosos
En una estación de Buenos Aires un
joven espera el tren metropolitano con sus auriculares puestos. Como lleva
pantalones cortos, se puede ver que su gemelo porta un tatuaje de la Virgen de
Luján. Además de escuchar música bajo casi cualquier circunstancia, el segmento
etario al que ya no pertenezco tiene por código hacerse un tatuaje. Es, como la
ropa, una de las herramientas disponibles para expresarse. En este caso, el
personaje en cuestión eligió usar el tatuaje para expresar su adhesión a una
categoría trascendente. Religiosa.
El tatuaje sin embargo es un artefacto
insuficiente para una temática tan vital. Un objeto fijo, monocromático, mudo. Como
solo puede condensar sensaciones y evocaciones, el símbolo es mero contenido
indefinido. El hecho de haber elegido un motivo religioso, y no otro, deja
claro que la motivación trascedente está, y en no poca medida. El haberlo hecho
a través de una herramienta rudimentaria refleja que esa adhesión no ha podido especificarse,
ramificarse, enriquecerse e integrar esa aspiración en algo que nutra un
sentido de la existecia y dé fundamento a las decisiones que se plantean en
cada itinerario de vida. Sin categorías, la inquietud hacia Dios no se
trasnforma en explicación sobre lo no inmediato. Permanece en el plano de la
vaguedad. Como muestra de una aspiración de algo más pero atrapada en
indefiniciones basta aquello de “Padre sol nuestro que estás en los cielos, guiáme
si no está bien la vida que llevo”, dicho por un tipo Dock Sud, sin formación
ni parámetros. La omisión de la Iglesia emerge con fuerza. Dedicada a un
activismo social general, hace décadas relegó a un segundo plano proponerle a
los hombres la existencia de Dios, su encarnación y la salvación para alcanzar
el cielo. Ponerle palabras a las aspiraciones de trascendencia. Ponerle
sacramentalidad, agregamos lo que queremos tener fe.
La iglesia argentina está
compuesta por muchas personas que le han dedicado la vida, dejando de lado
encarar un proyecto propio. Pero esto no puede ser una especia de carta blanca,
una licencia que trasnforme en optativo el carácter religioso de la
institución. El sacerdocio, enseña la Iglesia, no constituye tanto una opción
sino un llamado del mismo Cristo. El llamado tiene, además, un fin específico,
un fin religioso. Es por esta razón que los no llamados contribuimos
económicamente a su sostenimiento.
Un sacerdote mediático publicó en
Infobae hace algunos meses una nota sobre el cambio climático. Tratándose de un
individuo que carece de formación en el tema, lo único que explica que este
medio la publicara es su condición de religioso. De religioso “conocido”. Y así
usa la legitimidad que le confiere su rol pero para un fin distinto al que le
atribuye la sociedad, y que justifica el pago de sus gastos y provisión de
vivienda.
Se dirá que muchos sacerdotes
trabajan silenciosamente para anunciar a Dios y la buena nueva de la salvación.
Quizás hasta sean la mayoría. Pero el tiempo ha demostrado ineficaz este juego
en el cual la iglesia se desdobla entre lo que hace en las parroquias, al menos
en algunas, y lo que comunica a través de los medios masivos. En los templos, ya
poco poblados, se habla de Dios, que tampoco siempre. Pero en público, con un
alcance muchísimo mayor, habla de cualquier otra cosa. Sobre todo cuando obispos
hacen política partidaria y sostienen a rajatabla una apología del
asistencialismo, buscando angustiosamente la aprobación de...de alguien, es
secundario saber de quién.
A este panorama ha contribuído
una notable búsqueda de protagonismo personal entre los religiosos. “Un aplauso
para la Virgen” proclamó una vez en la basílica de Luján un cura que acababa de
arengar a su feligresia como un candidato en campaña. Pidió un aplauso para sí
mismo, ya que estaba en el escenario, y tomando prestada la audiencia. Cuántas
personas dejan de ir a misa ante semejante ejercicio de egolatría por parte de
quien debería hablar de Dios? Es convocante ver que un cura habla del cambio
climático? Se quedan sólo los sentimentales, lo infantiles, que aplauden cuando
se les manda. Los que dejan de ir, al menos conservan su dignidad de personas
adultas que se retiran cuando se les niega lo que se supone debería ofrecerles
la Iglesia. Y que mucho menos van a estar dispuestas a contribuir
económicamente al sostenimiento de religiosos que ni rezan ni trabajan.
La iglesia en la Argentina no ha
dado a la sociedad las herramientas para encuadrar la trascendencia en la vida
de las personas. Recostada sobre la legitimidad que tiene el trabajo con los
pobres, ha abandonado toda otra tarea. Sí, sus sacerdotes celebran misa todos
los días. Siguen existiendo los templos. Pero poco de lo que se hace y dice en
ellos provee una mirada trascendente. Ya en la década del `50 dijo Castellani
“necesitamos 3 seminarios pero nos sobran quince”.
El papado de Bergolgio fue
interpretado por estos religiosos del protagonismo y el cálculo mediático como
una aprobación celestial. Es entendible. El más ambicioso de todos ellos llegó a
“la cima”.El nuevo Papa viene a pararse en medio de este panorama. Parece más
bien traído a convalidarlo que a resolverlo. La minoría de colaboradores del
verticalista Bergoglio, todavía en pleno goce del posicionamiento que les dio,
quiere llevar su triunfo a la máxima expresión. Golpe escénico en Buenos Aires.
Será una demotración de poder. Del triunfo de la facción que desde los 60
sustituyó el propósito religioso por otro, de protagonismo, poder y negocios.
Marcelo Lascano