martes, 3 de noviembre de 2026

Un León rodeado de ambiciosos

 

En una estación de Buenos Aires un joven espera el tren metropolitano con sus auriculares puestos. Como lleva pantalones cortos, se puede ver que su gemelo porta un tatuaje de la Virgen de Luján. Además de escuchar música bajo casi cualquier circunstancia, el segmento etario al que ya no pertenezco tiene por código hacerse un tatuaje. Es, como la ropa, una de las herramientas disponibles para expresarse. En este caso, el personaje en cuestión eligió usar el tatuaje para expresar su adhesión a una categoría trascendente. Religiosa.

 

El tatuaje sin embargo es un artefacto insuficiente para una temática tan vital. Un objeto fijo, monocromático, mudo. Como solo puede condensar sensaciones y evocaciones, el símbolo es mero contenido indefinido. El hecho de haber elegido un motivo religioso, y no otro, deja claro que la motivación trascedente está, y en no poca medida. El haberlo hecho a través de una herramienta rudimentaria refleja que esa adhesión no ha podido especificarse, ramificarse, enriquecerse e integrar esa aspiración en algo que nutra un sentido de la existecia y dé fundamento a las decisiones que se plantean en cada itinerario de vida. Sin categorías, la inquietud hacia Dios no se trasnforma en explicación sobre lo no inmediato. Permanece en el plano de la vaguedad. Como muestra de una aspiración de algo más pero atrapada en indefiniciones basta aquello de “Padre sol nuestro que estás en los cielos, guiáme si no está bien la vida que llevo”, dicho por un tipo Dock Sud, sin formación ni parámetros. La omisión de la Iglesia emerge con fuerza. Dedicada a un activismo social general, hace décadas relegó a un segundo plano proponerle a los hombres la existencia de Dios, su encarnación y la salvación para alcanzar el cielo. Ponerle palabras a las aspiraciones de trascendencia. Ponerle sacramentalidad, agregamos lo que queremos tener fe.

 

La iglesia argentina está compuesta por muchas personas que le han dedicado la vida, dejando de lado encarar un proyecto propio. Pero esto no puede ser una especia de carta blanca, una licencia que trasnforme en optativo el carácter religioso de la institución. El sacerdocio, enseña la Iglesia, no constituye tanto una opción sino un llamado del mismo Cristo. El llamado tiene, además, un fin específico, un fin religioso. Es por esta razón que los no llamados contribuimos económicamente a su sostenimiento.

 

Un sacerdote mediático publicó en Infobae hace algunos meses una nota sobre el cambio climático. Tratándose de un individuo que carece de formación en el tema, lo único que explica que este medio la publicara es su condición de religioso. De religioso “conocido”. Y así usa la legitimidad que le confiere su rol pero para un fin distinto al que le atribuye la sociedad, y que justifica el pago de sus gastos y provisión de vivienda.

 

Se dirá que muchos sacerdotes trabajan silenciosamente para anunciar a Dios y la buena nueva de la salvación. Quizás hasta sean la mayoría. Pero el tiempo ha demostrado ineficaz este juego en el cual la iglesia se desdobla entre lo que hace en las parroquias, al menos en algunas, y lo que comunica a través de los medios masivos. En los templos, ya poco poblados, se habla de Dios, que tampoco siempre. Pero en público, con un alcance muchísimo mayor, habla de cualquier otra cosa. Sobre todo cuando obispos hacen política partidaria y sostienen a rajatabla una apología del asistencialismo, buscando angustiosamente la aprobación de...de alguien, es secundario saber de quién.

 

A este panorama ha contribuído una notable búsqueda de protagonismo personal entre los religiosos. “Un aplauso para la Virgen” proclamó una vez en la basílica de Luján un cura que acababa de arengar a su feligresia como un candidato en campaña. Pidió un aplauso para sí mismo, ya que estaba en el escenario, y tomando prestada la audiencia. Cuántas personas dejan de ir a misa ante semejante ejercicio de egolatría por parte de quien debería hablar de Dios? Es convocante ver que un cura habla del cambio climático? Se quedan sólo los sentimentales, lo infantiles, que aplauden cuando se les manda. Los que dejan de ir, al menos conservan su dignidad de personas adultas que se retiran cuando se les niega lo que se supone debería ofrecerles la Iglesia. Y que mucho menos van a estar dispuestas a contribuir económicamente al sostenimiento de religiosos que ni rezan ni trabajan.

 

La iglesia en la Argentina no ha dado a la sociedad las herramientas para encuadrar la trascendencia en la vida de las personas. Recostada sobre la legitimidad que tiene el trabajo con los pobres, ha abandonado toda otra tarea. Sí, sus sacerdotes celebran misa todos los días. Siguen existiendo los templos. Pero poco de lo que se hace y dice en ellos provee una mirada trascendente. Ya en la década del `50 dijo Castellani “necesitamos 3 seminarios pero nos sobran quince”.

 

El papado de Bergolgio fue interpretado por estos religiosos del protagonismo y el cálculo mediático como una aprobación celestial. Es entendible. El más ambicioso de todos ellos llegó a “la cima”.El nuevo Papa viene a pararse en medio de este panorama. Parece más bien traído a convalidarlo que a resolverlo. La minoría de colaboradores del verticalista Bergoglio, todavía en pleno goce del posicionamiento que les dio, quiere llevar su triunfo a la máxima expresión. Golpe escénico en Buenos Aires. Será una demotración de poder. Del triunfo de la facción que desde los 60 sustituyó el propósito religioso por otro, de protagonismo, poder y negocios.


Marcelo Lascano

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